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#269 Comunicación efectiva (IV): Cómo hablar mejor – Un griego a lo Rocky, consultores americanos y el uso de la voz

Episode Summary

¿Alguna vez has sentido que sabes lo que quieres decir pero no encuentras las palabras adecuadas? Hoy hablamos de por qué nos pasa, de cómo construimos nuestra identidad verbal y de herramientas para comunicar mejor

Episode Notes

📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/269-comunicacion-efectiva-iv-como-hablar-mejor/

Atenas, siglo IV antes de Cristo.

Un joven de unos veinte años acaba de bajar de la tribuna. Bueno, podríamos decir que acaba de salir huyendo. El público lleva unos minutos riéndose de él y abucheándole. Y ha tenido que cruzar la Asamblea entera y atravesar cientos de ciudadanos para salir. Cada paso es una eternidad.

Unos meses antes había decidido que tenía algo importante que decirle al mundo. Y la Asamblea ateniense era el sitio. Allí se debatían los asuntos del estado, las guerras, las leyes que moverían ejércitos. El sitio donde un hombre podía cambiar el curso de las cosas si sabía hablar.

Él creía que sabía.

Pero no. No sabía.

Tenía un problema con la "r". Tartamudeaba. Se quedaba sin aliento a mitad de las frases, como si el aire se le escapara por algún agujero invisible. Y su público no era precisamente compasivo.

Cualquiera en su lugar habría tirado la toalla y se habría buscado otra vocación. Ser mercader, por ejemplo.

Pero este joven tomó una decisión que cambiaría no sólo su vida, sino la historia de la retórica occidental. Decidió que si no podía hablar bien de forma natural, aprendería a hablar bien a la fuerza.

Lo que vino después es de esas historias que si las cuentas hoy la gente piensa que te las estás inventando.

Se construyó un estudio subterráneo para trabajar sin distracciones. Se afeitó medio cráneo —literalmente, medio cráneo— para no tener excusa de salir a la calle, porque la vergüenza de que le vieran así le mantendría estudiando. Iba a las playas y practicaba discursos compitiendo con el rugido de las olas. Subía colinas recitando versos mientras corría, para desarrollar la capacidad pulmonar. Y se llenaba la boca de pequeñas piedrecitas para obligar a su lengua a trabajar el doble que de costumbre.

(No sé tú, pero yo me lo imagino con la música de Rocky de fondo)

Y no sé si todo eso tenía alguna base fisiológica real. Pero si parece que funcionó.

Ese joven se llamaba Demóstenes. Y acabó siendo el mayor orador de la Grecia clásica. Sus discursos movieron ejércitos, cambiaron alianzas y sacudieron imperios. Cicerón, el gran orador romano, le consideraba el modelo supremo de la elocuencia.

Me gusta la historia de Demóstenes por una razón muy concreta: porque destruye un mito que casi todo el mundo lleva interiorizado sin darse cuenta. El mito de que saber comunicar es un don. Algo con lo que algunos nacen y otros no. Una especie de gracia divina que te toca o no te toca.

Y, a ver, como dice mi buena amiga Itziar García, lo que Natura non da, Salamanca non presta. Por supuesto que hay cosas que traemos de serie que nos hacen más fácil o más difícil comunicar.

Pero hablar bien es una habilidad. Y como cualquier habilidad, se puede aprender, practicar y mejorar. Aunque lleves años convencido de que eres un caso perdido.

Así que quiero contarte algunas de las cosas que yo he aprendido sobre estos temas… y también algunas de las que aún estoy aprendiendo. 

Hoy vamos a hablar de cómo construyes tu identidad verbal, cómo ordenas lo que dices, qué palabras eliges y, por último, cómo usas la voz que tienes.